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domingo, enero 14, 2007

Ovejas homosexuales mirando hacia La Meca

Artículo de Mark Steyn, publicado en Libertad Digital y en el Chicago Sun Times.


Como parte del actual compromiso de esta columna con la cobertura en profundidad de los temas de mayor interés, me complace presentar la primera de una nueva serie: Ovejas en el mundo de hoy. He aquí dos titulares de la semana pasada.


  • - Del Wall Street Journal: "¿Sacrificios rituales? No en mis calles, dicen algunos belgas".

  • - Y del Sunday Times de Londres: "Advierten a la ciencia que se mantenga apartada de las ovejas homosexuales".

  • La primera noticia versa sobre las 25.000 ovejas que hace unos cuantos días, en Bruselas, se encontraron mirando hacia La Meca para ser después degolladas y desangradas hasta morir. Los musulmanes hacen esto para celebrar Eid al-Adha, que conmemora la buena disposición de Abraham a sacrificar a su hijo a Dios y la buena voluntad de Dios de conformarse a cambio con un cordero.

    La población musulmana de Bélgica ha crecido tan rápidamente que no existen suficientes lugares en la ciudad para llevar a cabo el sacrificio ritual. El Eid se convierte, por tanto, en algo así como la hora punta ovina en todos los mataderos de Bruselas, con inmensas colas de ovejas que llegan hasta donde alcanza la vista. Según el Journal, Mohamed Mimoun agarró su cordero, cogió número y se dio cuenta de que había cola como para esperar unas dos horas. Y lo que es peor, de camino al matadero, le paró un policía y fue multado por llevar un cordero en la baca de su Toyota. Por ley, se supone que debe ir montado en los asientos traseros del coche. Beeee beeeee, veeete al asiento trasero.

    Lo que nos lleva al asunto de las ovejas homosexuales. Aparentemente, investigadores de la Universidad de Ciencias y Salud de Oregón y la Universidad Estatal de Oregón han estado experimentando con equilibrios hormonales ovinos con el fin de persuadir a los carneros homosexuales del error de su comportamiento. Parece que han tenido "éxito considerable" inyectando hormonas en el cerebro de los mismos. De pronto, los jovencitos cambian de condición y tararean un par de estrofas de "Abrázame, mi dulce cordera".

    Los colectivos homosexuales (es decir, los colectivos homosexuales humanos: ni siquiera Estados Unidos tiene aún un grupo de presión ovejuno homosexual con sede en K Street) no se han mostrado demasiado satisfechos con ello. Martina Navratilova, la nueve veces campeona de Wimbledon, ha pedido que el proyecto sea abandonado y que los científicos respeten, en palabras del Sunday Times, "el derecho de las ovejas a ser gays".

    Muchos de nosotros, sin duda, nos compadeceremos de ellas. Las pobres ovejitas pasan por este mundo en un visto y no visto. Si va a acabar desangrada hasta morir mientras mira hacia La Meca, al menos deberíamos permitirle elegir su orientación sexual en la víspera. Puede estar tan colada por un carnero como por una oveja. Ciertamente, una oveja debe ser capaz de disfrutar de su propia sexualidad sin que un montón de alocados eugenistas ovinos la aten con correas a una camilla y le inyecten el hetero-chute.

    Mientras tanto, Udo Schuklenk, profesor de Bioética en la Glasgow Caledonian University, ha advertido de que esta investigación "conlleva la terrible posibilidad de explotación por parte de sociedades homófobas. Imagine esta tecnología en manos de Irán, por ejemplo. Es típico de Estados Unidos ignorar el contexto global en el que esto está teniendo lugar."

    Nadie en Escocia parece estar empleando mucho tiempo en imaginar lo que podría suceder si, digamos, la tecnología nuclear acaba en manos de Irán, pero en Glasgow están en pie de guerra por la posibilidad de que los mulás obtengan tecnología de heterosexualización de ovejas. Ciertamente, si el presidente Bush está buscando un casus belli contra Teherán, el punto de vista de los carneros gays puede ser la mejor opción de contar con la Unión Europea.

    Al contrario que Martina Navratilova, no soy ningún experto en sexualidad ovejuna. ¿Quién hizo que el carnero "entendiera"? No sabría decirlo. Pero estoy siempre interesado en las contradicciones internas de la coalición del arco iris. Para un granjero, un carnero es un activo económico. De modo que, si es homosexual, es inútil. Dicen algunos que, allá por los años 80, Jasper Conran, sastre de la princesa de Gales, se asomó por la ventanilla de su tren mientras pasaban por un campo donde pastaban algunas vascas de raza Holstein y suspiró: "El blanco y negro está taaaan pasado de moda". Es una observación que, aunque algo apócrifa, ilustra las limitaciones de la sensibilidad homosexual aplicada a las granjas. El granjero medio, si escucha que los sabios han sacado una pegatina al estilo parche de nicotina para poner a una oveja embarazada de modo que garantice la corrección de cualquier homosexualidad potencial en su feto, bien puede pensar que merece la pena pagar por ella.

    Y, si eso sucede, ¿en qué momento el derecho de una mujer a elegir se solapará con el derecho de un granjero a sus ovejas? Bajo la política "un solo hijo" de Pekín, las chinas ejercieron su "derecho a elegir" el sexo de su bebé de manera tan radical que ahora cuentan con la cohorte más demográficamente desequilibrada de la historia: millones de chicos de cuya pareja correspondiente fue abortada en su día. El profesor Schuklenk está en lo cierto con lo de que "las sociedades homófobas" bien podrían elegir des-homosexualizar a su descendencia. Después de todo, gran parte de la práctica abortiva es ya explícitamente eugenésica: si una mujer puede decidir que no quiere cargar con un niño con síndrome de Down o el mal congénito del paladar, o que solamente quería uno de los trillizos, ¿por qué hay que obligarla a aceptar su orientación sexual?

    Una vez que redefinido el embarazo en términos tan radicalmente individualistas como han hecho los absolutistas del aborto, ¿por qué deberían las minucias en boga de la corrección política demostrar ser un muro de contención más eficaz que la moral religiosa o social convencional? En el 2005, respondiendo a una posibilidad altamente hipotética de que los padres pudieran saber si sus hijos tendrían un "gen homosexual", un representante del estado de Maine presentó una propuesta de ley para la protección de los homosexuales aún no nacidos. Pero es difícil ver el motivo por el que, en la teología abortiva progresista, los homosexuales no natos son merecedores de mayor protección que los heteros no natos.

    Lo que nos lleva de vuelta a las calles de Bruselas. Ann De Greef, una activista belga de los derechos de los animales, no lo pasa especialmente bien durante la masacre anual del Eid. "No es normal sacrificar a miles de ovejas de esta manera en mitad de una importante ciudad europea", se quejó.

    Au contraire, lo es. Y, teniendo en cuenta la ventaja demográfica del Islam, va a ser cada vez más normal. Los musulmanes pagan a los granjeros belgas alrededor de 250 pavos para adquirir una oveja para el sacrificio ritual, lo que sugiere que se lo toman bastante en serio. En la práctica, teniendo en cuenta la fuerza de presión política del Islam, es más que probable que las restantes restricciones sobre el sacrificio ritual sean eliminadas. Cansados de hacer cola en mataderos llenos hasta la bandera, muchos musulmanes de Bruselas sacrifican su oveja en casa, algo ilegal bajo la ley belga, pero ante lo que el Estado ya se lava las manos.

    La izquierda asume que las diversas facciones de su coalición de grupos identitarios son aliados perpetuos que pueden ser conducidos como un rebaño y orientados en la misma dirección. No lo son. La noticia de la oveja belga trata de un avance demográfico y la de la oveja de Oregón de un avance tecnológico. Pero la combinación más potente es la tecnología supeditada a la demografía. En otras palabras, ¿cuánta demanda habrá para la próxima innovación? ¿Aborto para anomalías genéticas? En Estados Unidos habrá mucha. ¿Aborto para reducir la cifra de hijas no deseadas? Una desagradable cantidad en China y la India.

    ¿Un parche para des-homosexualizar a su bebé?

    Somos pobres corderitos que se han perdido. Beeeee.

© Mark Steyn

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